miércoles, 14 de febrero de 2018

Mentiras sobre el gasto militar norteamericano

Atilio A. Boron
Días atrás el presidente Donald Trump dio a conocer su proyecto de presupuesto para 2019 que contempla un enorme déficit fiscal (que tratará de trasladarlo a los demás países, sobre todo a los de la periferia) y un presupuesto militar, eufemísticamente llamado de “defensa”,  de (716.000 millones de dólares) según informa la cadena CNBC. (Ver: https://www.cnbc.com/2018/02/12/trumps-2019-defense-budget-request-seeks-more-troops-firepower.html). Este monto incluye 24.000 millones de dólares destinados a la modernización del programa nuclear que, en algunos comunicados aparecía desligado del gasto militar, como si se tratara de inversiones para la producción de centrales atómicas.
Estos datos son algunas de las “pos verdades” a los cuales nos tiene acostumbrados el imperialismo norteamericano. “Pos verdad” o fake news –como gusta decir a Donald Trump- porque se oculta la verdadera dimensión del gasto militar de Estados Unidos haciéndoselo  aparecer como menor de lo que realmente es en un intento por escamotear ante la vista de la opinión pública el desenfreno militarista de un imperio que debilitado en su hegemonía política, intelectual y moral, como diría Antonio Gramsci, se repliega en sobre sus capacidades destructivas para contener por la fuerza su inexorable declinación en un sistema internacional que ya ha asumido un formato definitivamente multipolar.    
Hace muchos años que el gasto militar se convirtió en el principal motor de la economía norteamericana y fuente de fabulosas superganancias para el complejo militar-industrial-financiero que gira en torno a la producción de armamentos. En una suerte de perversa “puerta giratoria” las ganancias de este complejo se transfieren, en una pequeña porción, a la clase política.  Sus empresas y lobbies son los indispensables financistas de las onerosas carreras políticas de representantes, senadores, gobernadores y presidentes, prostituyendo definitivamente el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos y abriendo las puertas para la constitución de la corrupta plutocracia que hoy gobierna a ese país. Presidentes y legisladores, envueltos en un falso celo patriótico, retribuyen los favores recibidos concediendo jugosas contraprestaciones materiales a las empresas del sector, todo lo cual se traduce en una desorbitada, absurda e innecesaria escalada del gasto militar. Esta corruptela explica que más de la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos sean millonarios, cuando la proporción de estos en la sociedad norteamericana es de apenas 1.4 %.   (http://cnnespanol.cnn.com/2014/01/10/la-mayoria-de-los-miembros-del-congreso-de-ee-uu-son-millonarios/ )
No es de extrañar, en consecuencia, que desde la Guerra de Corea en adelante Estados Unidos no haya conocido un solo año sin tener tropas combatiendo en el exterior. Tampoco lo es que, pese a los optimistas anuncios oficiales, el gasto militar haya aumentado aún luego de la desaparición de quien durante los largos años de la Guerra Fría fuera su enemigo fundamental: la Unión Soviética. En este sentido, la operación propagandística del imperio pregonando los supuestos “dividendos de la paz” como fuente de una renovada ayuda al desarrollo quedó rápidamente al desnudo. Ni se mejoró la asignación de recursos para reducir la pobreza dentro de Estados Unidos ni se los canalizó para facilitar el progreso económico y social de los países de la periferia. Todo lo contrario, la escalada sin techo del gasto militar prosiguió su curso inalterada. 
Sorprende entonces la aceptación sin beneficio de inventario de la cifra del presupuesto militar que la Administración Trump anunciara recientemente. Según los cálculos más rigurosos el gasto militar total de Estados Unidos ya traspasó el umbral considerado -hasta no hace mucho como absolutamente insuperable, como una frontera escalofriante- de un billón de dólares, es decir, un millón de millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a la mitad del gasto militar mundial. Tradicionalmente la Casa Blanca ocultaba la verdadera dimensión de su exorbitante presupuesto militar y los medios de comunicación del imperio reproducían esa mentira.  En el caso actual aquel va mucho más allá de los 716.000 millones de dólares recientemente declarado por la Casa Blanca.  Esa cifra no incluye otros emolumentos derivados de la presencia bélica de EEUU en el mundo y que también deben ser considerados como parte del presupuesto militar del imperio.  Por ejemplo, la Administración Nacional de Veteranos (VET) que tiene a su cargo ofrecer atención médica a los heridos en combate hasta el fin de sus vidas y de asistir a quienes regresan del frente desquiciados psicológicamente tiene un presupuesto para el próximo año de 198.000  millones de dólares.  (https://www.militarytimes.com/veterans/2018/02/12/va-spending-up-again-in-trumps-fiscal-2019-budget-plan/) A esta descomunal cifra hay que agregarle otros dos ítems, con datos muy poco transparentes y disimulados en el presupuesto federal: los destinados a la contratación de “asesores” para misiones especiales (vulgo: mercenarios) y los “gastos de reconstrucción” para ocupar o transitar por áreas previamente destruidas por la aviación o los drones de EEUU. Si se suman todos estos componentes se llega a una cifra que supera el billón de dólares. Para comprobar la irracionalidad criminal de este presupuesto nótese que tan sólo el gasto de la VET equivale a poco menos que el gasto militar total de China, que asciende a 215.175 millones de dólares y que el segundo presupuesto militar del planeta.  O con el presupuesto de la Federación Rusa, que es casi tres veces inferior al de la VET: 70.345 millones de dólares; o con el del ultra-enemigo de EEUU, Irán 12.383millones de dólares.  ¿Cómo justificar tan fenomenal desproporción? Inventando enemigos, como el ISIS, o dando pie a delirantes conspiraciones acerca del peligro que Rusia, China, Irán o Corea del Norte representan para la seguridad nacional norteamericana. Pero la verdad es que el gasto militar ayuda a mover una economía de lento crecimiento y, sobre todo,alimenta al complejo armamentístico que financia a los políticos que convierte en millonarios.  Pese a eso la dirigencia estadounidense insiste en la vulnerabilidad de la seguridad nacional norteamericana y no cesa de mantener a su población sumida en el miedo, un efectivo dispositivo de dominación. Por último, con tal brutal desequilibrio de fuerzas en el plano militar Washington reafirma su vocación de seguir siendo el gigantesco gendarme mundial presto a actuar en cualquier lugar del planeta para poner al capitalismo a salvo de toda amenaza. En cualquier lugar pero sobre todo en Nuestra América, reserva estratégica de un imperio amenazado. La contraofensiva lanzada en los últimos años y la creciente belicosidad en contra de Cuba y Venezuela son pruebas harto elocuentes de esa enfermiza vocación por impedir que la tierra siga girando y congelar la historia en el punto en que se encontraba al anochecer del 31 de Diciembre de 1958, en vísperas del triunfo de la Revolución Cubana. Todos estos esfuerzos serán en vano, pero mientras tanto están haciendo un daño enorme y hay que detenerlos antes de que sea demasiado tarde porque la humanidad está en peligro.

viernes, 9 de febrero de 2018

Leonardo Padura y James Ellroy: novela negra en Cuba y EEUU, crítica social y doble rasero

 Leonardo Padura
James Ellroy
José Manzaneda, coordinador de Cubainformación.
La 13ª edición del festival de novela policiaca “Barcelona Negra” convocaba hace unos días a 106 escritores y escritoras (1), siendo su “estrella” invitada el estadounidense James Ellroy, Premio “Pepe Carvalho” 2018 (2).
El escritor más entrevistado estos días, sin embargo, no era Ellroy, sino el cubano Leonaldo Padura, cuya proyección mediática es verdaderamente llamativa (3) (4). Pero al margen de lo cuantitativo, lo verdaderamente chocante es el tratamiento periodístico tan opuesto, según se hable del cubano Leonardo Padura o del estadounidense James Ellroy. Veamos.
La historia personal de este último es dura: toxicómano en su juventud, su madre fue violada y asesinada (5), y en sus libros encontramos violencia sin límite, corrupción, brutalidad policial, crimen organizado y narcotráfico (6). Sin embargo, no leeremos en reseñas y entrevistas una sola referencia a la situación social y política de EEUU. Una muestra del sentido de obediencia del periodismo actual, ya que fue el autor quien impuso la condición de “no hacer preguntas ni de política ni de actualidad” para la concesión de entrevistas (7).
En contraste, poco importó a los periodistas que el cubano Leonaldo Padura lleve años quejándose de que le “pregunten todo el rato por la situación política cubana" (8). Cada entrevista es un bombardeo de preguntas sobre el relevo presidencial en Cuba (9), la emigración (10), la pérdida de valores (11), la homofobia (12), la desigualdad social en la Isla (13)... El colmo era, hace unos días, un trabajo en “El Confidencial”, cuya última pregunta empezaba así: y ahora “terminamos con literatura”… (14)
Mientras el estadounidense James Ellroy era presentado como “el perro diabólico de las letras estadounidenses” (15), el diario español “ABC” definía a Padura como un “contestatario”, un “disidente” (16) que representa la “visión crítica y plomiza de Cuba” (17). Un país –continuaba- que “huele a corrupción y miseria” (18). La novela de Padura es “un agudo análisis de la sociedad cubana”, según “El Cultural”, suplemento del diario “El Mundo” (19). En contraste, este mismo medio, al abordar la obra de James Ellroy, nos acercaba a sus influencias literarias, a su rechazo a escribir en ordenador o a su gusto por las camisas hawaianas (20). Sobre las injusticias y crueldades de la sociedad estadounidense, retratadas en su obra, ni una letra.
Las opiniones de Leonardo Padura generaba titulares –la mayoría- acerca de su país (21) (22) (23). Los referentes a James Ellroy, en contraste, eran sobre su vida o su obra (24) (25).
Identificar los problemas de los personajes de Padura con los de la sociedad cubana en su conjunto es ya la tónica general en los medios (26): “muchos lectores conocen Cuba gracias a los libros de Padura”, leíamos recientemente en “El País” (27). Su obra es “el específico retrato de la realidad cubana”, una “crónica social del desencanto de una generación en la isla”, nos decía “Televisión Española” (28). Porque el detective Mario Conde, su personaje, “descubre –leíamos en el diario “La Vanguardia”- los sueños rotos de la revolución” (29).
Por el contrario, las novelas de James Ellroy –y del resto de autores invitados al Festival “Barcelona Negra” (30)- no reflejan ninguna problemática social, ningún sueño roto. El personaje de las novelas de Julián Ibáñez, autor español que compartió con Padura una de las mesas redondas, es Bellón, un buscavidas, chivato, matón y traficante de Getafe, ciudad al sur de Madrid (31). Ningún diario español ha insinuado que sus historias, ambientadas en la sórdida realidad de “puticlubs de carretera” donde –como leemos- “pululan personajes sombríos (y) desesperanzados” (32), sean una reflexión crítica sobre la sociedad española. Sobre Padura –eso sí- nos contaban cómo “combina las tramas negras con el retrato crítico de (su) país” (33).
Pero si hay un tema obsesivo en casi todas las entrevistas al novelista cubano ese es el de la “censura” en Cuba (34): “¿ha escrito Vd. siempre lo que ha querido?” (35), “¿es independiente para decir lo que quiere?” (36), son preguntas a las que Padura ha respondido una y mil veces. “Todos (mis libros) se han publicado (…) en Cuba sin que se les cambie una palabra” (37), ha aclarado, subrayando que el Ministerio de Cultura de Cuba le concedió en 2012 el Premio Nacional de Literatura (38). Nada a lo que ciertos medios no le puedan buscar una lectura oculta. “La Nación” de Argentina afirmaba que el “caso” de Padura “es paradójico: parece estar diseñado para desmentir a la disidencia, (…) como ejemplo de (…) lo que puede (…) publicar un novelista que sigue viviendo en la isla y (…) cuestiona hasta la raíz todo su sistema político” (39).
Y una última reflexión. Si el autor de novela negra más conocido de Cuba centra sus preocupaciones personales y literarias –sean cual sean sus opiniones- en los valores humanos o en los problemas sociales de su país (40); mientras uno de los novelistas “estrella” de EEUU, rehúye cualquier reflexión social (41), hace un canto cínico al individualismo (42) (43) (44) y defiende con vehemencia la posesión de armas o la pena de muerte (45), ¿por qué no leemos en la crítica literaria alguna reflexión sobre la salud de sus respectivas sociedades?

lunes, 15 de enero de 2018

Una tarde berlinesa entre cubanos

 
Enrique Ubieta Gómez
Hay dos grados bajo cero, pero en el sótano de la casa de Conde, donde nos reunimos los cubanos –viejos residentes de la capital alemana y funcionarios de la embajada–, hay otro clima ajeno a cualquier predicción meteorológica. Es una casa cómoda, recién construida en las afueras de la ciudad; los anfitriones tardarán muchos años en pagar las deudas contraídas. Él lo dice con resignación. Se ha dejado crecer el pelo y agrega en broma: "no tengo dinero para ir al barbero". Unas horas antes, en el pequeño hotel donde me hospedo, mientras desayunaba, había escuchado al dueño –que es también recepcionista y camarero–, responder en ruso a una llamada telefónica. Lo abordé de inmediato en esa lengua y el hombre, ya mayor, al saber además que había estudiado en Kíev, de donde es oriundo, no contuvo su alegría. Estuvo hablándome sin parar durante un buen rato: "me duele el pecho cada vez que hablo de Kíev, de Ucrania", dijo.  "Es una ciudad muy hermosa", le riposto y sonríe triste. Lleva veinticinco años en Berlín y no piensa regresar. Hace un gesto de aflicción y agrega: "Ya no es lo mismo que antes... yo nunca fui comunista" (una aclaración necesaria en este país), "pero entonces había orden y se podía vivir". Ahora, en casa de Conde, el ambiente es otro. La nostalgia es inevitable, pero prima un sentimiento de hermandad que los años no disminuyen. Los rostros, los gestos, son cubanísimos; sin embargo, algunos llevan treinta y cuarenta años en Berlín. Llegaron a trabajar o a estudiar en los años ochenta del siglo pasado y se quedaron. Otros emigraron en el nuevo milenio. El común denominador de la mayoría es el amor: casados con alemanas, tienen hijos amasados entre dos culturas. Hablamos de política, de la alemana y de la cubana, y todos se afilian a la izquierda, donde late el corazón. Son hijos de la Revolución, no quieren que desaparezca. Repudian a Trump, y su recrudecido bloqueo. Se conversa de los asuntos más cotidianos y de los más graves. Se bromea, por supuesto; se planifican vacaciones y hasta regresos definitivos. Conde, quien se graduó en Cuba como teólogo de la Iglesia Bautista, lee una reflexión de Confucio. Diego, un cantautor catalán que se busca la vida en Berlín desde hace seis años (aceptaría la independencia de su terruño si esa es finalmente una decisión del pueblo, pero no se siente ajeno a las restantes culturas de España), nos ofrece dos canciones, una suya y otra, recién aprendida, de Compay Segundo. Nos despedimos, hay abrazos, direcciones electrónicas intercambiadas, promesas de nuevos encuentros, aquí o allá, se dice. Es dura la vida del emigrado. El ucraniano, el catalán y esos cubanos lo saben, aunque cada uno tenga una experiencia de vida diferente. Algunos perdieron su país, otros nunca lo tuvieron, pero Conde, Frías, Silva, Oliva y Ávila, saben que mientras exista la Revolución tendrán Patria, ellos, sus hijos y sus nietos, mitad cubanos y mitad alemanes.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Chile en su hora decisiva

Atilio A. Boron
Chile se enfrenta mañana a una disyuntiva crucial: ratificar un modelo de país construido por la siniestra dictadura pinochetista y el rumbo económico seguido durante décadas por una democracia de (muy) baja intensidad y que finalmente dio luz a una sociedad injusta, excluyente y de “manos libres” para un capitalismo depredador como pocos; o, en esa vital bifurcación histórica, comenzar a transitar por un camino alternativo pero que si a primera vista no parece muy diferente al anterior, encierra posibilidades extraordinarias que no existían desde 1973 y que chilenas y chilenos harían muy mal en desaprovechar.
Sospecho que habrá quienes al leer este párrafo introductorio se encojan de hombros argumentando que  Sebastián Piñera y Alejandro Guillier son lo mismo, que “les da igual” como tristemente lo decía una izquierda desastrada y sonámbula en la Argentina cuando la opción era entre un emisario y representante de Estados Unidos como Mauricio Macri y un político de centro, “inmoderadamente moderado”, como Daniel Scioli, pero cuyas apoyaturas sociales, compromisos políticos (que no rompió pese a que desde la Casa Rosada se lo invitó a ello)  y vínculos con la sociedad civil jamás le hubieran permitido, en caso que lo hubiera deseado, impulsar el holocausto social que Macri está consumando en la Argentina. También se decía que no había casi diferencias entre Dilma Rousseff y Aecio Neves y su fuerza política. Consumada la destitución de Dilma aquellas mínimas diferencias aparecen con rasgos pesadillescos: veinte años de congelamiento del presupuesto de salud y educación y cuarenta y nueve años de aportes jubilatorios para recibir una pensión, tal es la propuesta de Michel Temer.
Por eso, sin negar que en el Chile de hoy las diferencias entre los dos candidatos no son tan grandes como nos gustarían, existen y abren una ventana de oportunidades que estaba herméticamente clausurada desde aquel nefasto 11 de Septiembre del 1973. Si esto no satisface a los espíritus más inquietos,  ¿por qué no avanzar por el camino de una “revolución socialista y anticapitalista”, como quieren algunos? Porque no se puede, porque es una peligrosa ilusión.
Quienes la proponen deberían identificar el proceso insurreccional de masas en curso en las calles y plazas de Chile, no el que se evoca en los claustros universitarios o en los cafés de moda como recordaba hace algunos días Álvaro García Linera.  Sin abusar de los clásicos del pensamiento socialista es innegable que en el marco del capitalismo dependiente latinoamericano no existe un solo país en donde exista la feliz coincidencia de las célebres “condiciones objetivas y subjetivas” que dan luz a una revolución anticapitalista. En ninguno. Y Chile no puede ser la excepción, como no lo es Argentina, Brasil, México, Colombia e, inclusive, mismo Bolivia y Venezuela. Ante ello, ¿qué hacer?
La respuesta la ofreció Fidel en su visita a Chile en Noviembre de 1971, que tuve la inmensa fortuna de acompañar como un fervoroso estudiante de la FLACSO. En su conferencia pública ante los estudiantes de la Universidad de Concepción se le planteó una pregunta que se relaciona con la coyuntura actual de Chile: ¿qué estaba ocurriendo en Chile, cuál era la naturaleza del proceso dirigido por Salvador Allende? Y la respuesta de Fidel fue terminante: “si a mí me preguntan qué está ocurriendo en Chile, sinceramente les diría que en Chile está ocurriendo un proceso revolucionario (APLAUSOS).  Y nosotros incluso a nuestra Revolución la hemos llamado un proceso.  Un proceso todavía no es una revolución.  Hay que estar claros: un proceso todavía no es una revolución.  Un proceso es un camino; un proceso es una fase que se inicia.” Obviamente, Fidel descartaba el milenarismo de quienes piensan a la revolución como un acto, un rayo que en un día maravilloso cae del cielo y clausura en un santiamén un ciclo histórico y alumbra el nacimiento de otro. Pero eso es religión, o magia, pero no análisis político. Por eso el Comandante remató su argumento diciendo que algunos dicen que “en tal fecha se produjo el triunfo de la revolución bolchevique,  y el triunfo de la Revolución Francesa, y el triunfo de tal y más cual.  Y para que nos entendieran, dijimos (que) el primero de enero no había triunfado la Revolución. Se había abierto un camino, se había creado una posibilidad, se iniciaba un proceso.  Eso es lo que ocurría en nuestro país el primero de enero de 1959.” 
Y de eso se trata mañana en Chile: de abrir un camino, un proceso que si se transita sustentado en la organización de las clases y capas populares, en su formación y educación política, en estrategias y tácticas adecuadas para ir cambiando progresivamente la correlación de fuerzas sociales este primer paso puede, gracias a la dialéctica de la historia, no olvidar eso, culminar en el nacimiento del nuevo Chile que tantos queremos, dentro y fuera del país. El viejo Engels dijo una vez que uno de los más graves errores que podían cometer los revolucionarios era hacer de su impaciencia el fundamento de su táctica política. Un triunfo de Alejandro Guillier abre la posibilidad de, por fin, comenzar a marchar hacia el cambio profundo que chilenas y chilenos vienen reclamando hace tiempo ante la sordera gubernamental.  Liquidar el mafioso negociado de las AFP, garantizar educación gratuita de calidad, reconstruir el sistema de salud pública, convocatoria por primera vez en la historia a una Asamblea Nacional Constituyente, resolver la asignatura pendiente de los mapuche y otros pueblos originarios, encarar seriamente la lucha contra la corrupción y varios temas más que son por todos conocidos. Esta agenda se abriría con su victoria, pero sería sellada a fuego por una ratificación de Piñera. Será un camino arduo, cuesta arriba. Pero el Frente Amplio, la esperanzadora novedad de Chile, debe enfrentar este desafío, y tras las elecciones estar firme asegurando que esos compromisos -que sin duda encontrarán resistencias enormes dentro del gobierno y desde los sectores económicos- sean empujados por las grandes mayorías. Si en cambio se desalienta y abandona la lucha, promueve la indiferencia y esta actitud se combina con el escapismo de los impacientes que especulan con la ilusoria productividad política de la abstención volverá a imponerse en Chile una derecha cada vez más radicalizada, como infelizmente lo demuestra Macri en la Argentina.
No puedo concluir este análisis sin subrayar la enorme importancia que la elección de este domingo tiene para toda América Latina. Por primera vez desde el golpe contra Allende una elección chilena adquiere proyección continental. Si Piñera es derrotado  y si a esto se le suma a la de Juan Osvaldo Hernández,  el lacayo del imperio en Honduras, las chances de una recomposición progresiva del mapa sociopolítico de América Latina se verán considerablemente reforzadas. Será un poderoso estímulo  para el pueblo brasileño, en su empeño por reinstalar a Lula en Brasilia. También para Andrés Manuel López Obrador en México, para poner fin a la masacre que ha sumido en sangre a ese país; o para fortalecer el apoyo al proceso de paz en Colombia, que el amigo de Piñera, Álvaro Uribe, ha saboteado sin pausa; para forzar nuevas (y honestas) elecciones en Honduras; para los argentinos que salieron a la calle a parar la eutanasia política de los pobres, los adultos mayores y los sectores más vulnerables que promueve la Casa Rosada. Por eso, no puedo sino terminar estas líneas pidiéndole a las hermanas y hermanos de Chile que este domingo dejen de lado sus aprensiones y el enojo que les provoca la decadencia democrática sufrida durante casi medio siglo a manos de distintos gobiernos de la derecha y salgan a votar con entusiasmo, con visión de futuro, como recordaba Fidel,  para abrir un camino. Si tal cosa llegara a suceder, la construcción de un promisorio futuro para Chile estará en sus manos y dependerá de su inteligencia política, vocación revolucionaria y capacidad de organizar al campo popular.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Fidel Castro, el otro nombre de la Dignidad

Salim Lamrani
Université de La Réunion
The Huffington PostUn año después de su desaparición, el 25 de noviembre de 2016, el líder de la Revolución Cubana perdura en la memoria colectiva como el héroe de los desheredados.
Hay hombres que atraviesan los siglos y se inscriben en la eternidad, pues personifican principios. Maximiliano Robespierre, el incorruptible, el apóstol de los pobres, dedicó su existencia breve e intensa a luchar por la libertad del género humano, por la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos, por la fraternidad entre todos los pueblos del mundo, suscitando el odio feroz de los termidorianos y de sus herederos que perdura hasta hoy. Fidel Castro, el otro nombre de la Dignidad, tomó las armas para reivindicar el derecho de su pueblo y de todos los condenados de la tierra a elegir su propio destino, atizando la aversión de las fuerzas retrógradas a través del planeta.
Patio trasero de Estados Unidos durante seis décadas, Cuba era constantemente humillada en su aspiración a la soberanía. A pesar de las tres guerras de independencia y los sacrificios del pueblo de José Martí, héroe nacional y padre espiritual de Fidel Castro, la isla del Caribe sufrió el yugo opresor del poderoso vecino, deseoso de asentar su dominio en la región. Ocupada militarmente y luego transformada en república neocolonial, Cuba vio a los gobiernos de la época obligados a plegarse a las órdenes de Washington. El pueblo cubano, orgulloso y valiente, soportaba afrenta tras afrenta. En 1920, el Presidente Woodrow Wilson mandó al general Enoch H. Crowder a La Habana tras la crisis política y financiera que golpeaba el país y ni se dignó a informar al Presidente cubano Manuel García Menocal. Ése hizo partícipe de su sorpresa a su homólogo estadounidense. La respuesta de Washington fue humillante: "El Presidente de Estados Unidos no considera necesario conseguir la autorización previa del Presidente de Cuba para mandar a un representante especial". Tal era la Cuba prerrevolucionaria.
Profundamente lastimado en su deseo de libertad, el pueblo cubano acogió el triunfo de la Revolución Cubana de Fidel Castro en 1959 como la culminación de una larga lucha iniciada en 1868, en la Primera Guerra de Independencia. Arquitecto de la soberanía nacional, Fidel Castro reivindicó, armas en mano, el derecho inalienable de su pueblo a la autodeterminación. Al romper las cadenas hegemónicas impuestas por Washington, Fidel Castro hizo de una pequeña isla del Caribe una potencia moral admirada y respetada por los pueblos del Sur por su voluntad indefectible de elegir su propio camino. También se convirtió en el símbolo de la resistencia a la opresión y en la esperanza de los humillados a una vida decente, celebrado por su coraje constante frente a la adversidad y su fidelidad a los principios.
A pesar de los recursos sumamente limitados y un estado de sitio implacable impuesto por Estados Unidos durante más de medio siglo, Fidel Castro hizo de Cuba un modelo para las naciones del Tercer Mundo, universalizando el acceso a la educación, a la salud, a la cultura, al deporte y a la recreación. Probó así ante los ojos del mundo que era posible establecer un sistema de protección social eficiente para toda la población y ubicar al ser humano en el centro del proyecto de sociedad, a pesar de los limites materiales y de la hostilidad perniciosa de Washington. Cuba es hoy día una referencia mundial en este sentido y demuestra que es posible colocar a las categorías más vulnerables en el centro del proceso libertador.
"Patria es Humanidad", decía José Martí. Fidel Castro, además de defender el derecho de su pueblo a vivir de pie, mostró su vocación de internacionalista solidario brindando el generoso concurso de Cuba a todas las causas nobles de la emancipación humana, contribuyendo de modo decisivo a la independencia de África Austral y a la lucha contra el régimen segregacionista del apartheid. El inolvidable Nelson Mandela sintetizaría esta solidaridad sin fallas de los cubanos en una reflexión: ¿Qué otro país podría pretender más altruismo que el que Cuba aplicó en sus relaciones con África?". Todavía hoy Cuba está asediada por Washington, y a pesar de una situación económica difícil, sigue brindando su ayuda en materia de educación, salud y asistencia técnica, a los países del Sur, mandando a decenas de miles de médicos, profesores, ingenieros y técnicos.
Fidel Castro, el otro nombre de la Dignidad, quedará en la historia como el héroe de los desheredados, el que defendió el derecho del pueblo a una vida honorable, el que hizo de la soberanía de Cuba una realidad inalienable, el que expresó una solidaridad en todos los instantes con los oprimidos. Odiado por los poderosos de su tiempo –como Maximiliano Robespierre– por atreverse a proponer una repartición más equitativa de las riquezas, la historia le rendirá el homenaje que merecen los grandes hombres que se indignaron contra las injusticias y que lucharon sin tregua por defender la suerte de los humildes.


Doctor en Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad Paris Sorbonne-Paris IV, Salim Lamrani es profesor titular de la Universidad de La Reunión, especialista de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Su último libro se titula Cuba, ¡palabra a la defensa!, Hondarribia, Editorial Hiru, 2016. http://www.tiendaeditorialhiru.com/informe/336-cuba-palabra-a-la-defensa.html Facebook: https://www.facebook.com/SalimLamraniOfficiel

domingo, 3 de diciembre de 2017

Honduras: el “golpe blando preventivo”

Atilio A. Boron
La interminable epidemia de “golpes blandos” propiciada por la Casa Blanca se ha ensañado una vez más con Honduras. Fue allí, en el año 2009, donde por vez primera se aplicó esta metodología una vez que fracasara el golpe militar tradicional ensayado un año antes en Bolivia. A partir de ese momento los gobiernos indeseables de la región serían barridos por un letal tridente conformado por la oligarquía mediática, el poder judicial y los legisladores, cuyo “poder de fuego” combinado supera el de cualquier ejército de la región. José Manuel “Mel” Zelaya fue su primera víctima, a quien seguirían en el 2012 Fernando Lugo en Paraguay y en 2016 Dilma Rousseff en Brasil. Bajo ataque se encuentran los gobiernos de Bolivia, Venezuela y, va de suyo, Cuba, mientras que en Ecuador el viejo recurso del soborno y la traición unidos a la técnica del “golpe blando” parecen haber detenido el rumbo de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa. El objetivo estratégico de Washington con sus “golpes blancos” es regresar América Latina a la condición neocolonial imperante en la noche del 31 de diciembre de 1958, un día antes del triunfo de la Revolución Cubana.
En el caso hondureño el golpe funciona preventivamente, a través de un escandaloso fraude electoral que sólo ha suscitado la crítica de algunos pocos observadores enviados por la Unión Europea. En cambio, la misión de la OEA, presidida por un demócrata de credenciales tan impecables como el boliviano Jorge “Tuto” Quiroga, ha consentido todas y cada una de las violaciones de la legislación electoral y las normas constitucionales del gobierno de Juan Orlando Hernández, heredero del golpe del 2009. Claro que Quiroga no las tiene todas consigo porque el Tribunal Constitucional de Honduras ha declarado que la re-elección es un derecho constitucional que no puede ser conculcado por ninguna norma de rango inferior lo que, aplicado al caso de Bolivia, consagra la legitimidad de la aspiración del presidente Evo Morales de presentarse a una nueva contienda presidencial.
Pero regresando al meollo de nuestra argumentación, el fraude perpetrado en Honduras remeda al que inaugurara en 1988 el PRI mexicano para birlar a Cuauhtémoc Cárdenas de la victoria que estaba claramente obteniendo en las urnas. En medio del recuento de votos se produjo un apagón que afectó a gran parte de la Ciudad de México y cuando finalmente el fluido eléctrico regresó se verificó un verdadero milagro, equivalente moderno al de la multiplicación de los panes y los peces de nuestro señor Jesucristo. En este caso los que se multiplicaron en medio del apagón fueron los votos de Salinas de Gortari, el candidato priísta, mientras que Cárdenas era relegado a un triste segundo lugar. En Honduras acaba de ocurrir exactamente lo mismo, lo que prueba que a la Santa Madre Iglesia le asiste la razón cuando afirma que los milagros existen y se producen casi a diario. Salvador Nasralla, el candidato del frente opositor llevaba cinco puntos porcentuales de ventaja al escrutarse algo más de la mitad de los sufragios y las tendencias eran muy claras. En ese momento el Presidente del Tribunal Superior Electoral declara que no se puede anunciar ningún resultado porque falta escrutar el resto de las actas, pese a que el candidato del tercer partido, Luis Zelaya, reconoce el triunfo de  Nasralla. El TSE retoma el conteo selectivo de las actas en distritos en donde se presume que el candidato oficialista tiene alguna ventaja al paso que, simultáneamente, aparecen recurrentes desperfectos en el centro de cómputos del TSE y los consabidos apagones. Una vez subsanados los guarismos van ofreciendo una pequeña ventaja al presidente Juan Orlando Hernández, aunque las sospechas aumentan porque el Ministerio Público allanó una oficina del partido gobernante sorprendiendo a sus ocupantes en la preparación de actas comiciales falsas. Lo interesante del caso es que este fraude es tan rudimentario que dio pie a otro milagro sin precedentes en la historia política mundial: después de los desperfectos y los apagones subían los votos de Hernández en la candidatura presidencial, pero no así los de los alcaldes y diputados del oficialismo que se mantenían en sus registros anteriores. Todo esto, repetimos, ante el cómplice mutismo de la misión de la OEA encabezada por Quiroga,  cuyo adn político reaccionario hacía que mirase con buenos ojos esta burla a la voluntad popular. No es de sorprenderse entonces que las bases sociales de los partidos de la oposición hayan ganado las calles exigiendo el respeto a la voluntad de la ciudadanía. Y que el gobierno fascista de Hernández, el mismo que ha prohijado junto a la “Embajada” el baño de sangre que se produjo en Honduras desde el golpe de 2009 y que el caso de Berta Cáceres es apenas el más conocido, haya declarado toque de queda entre las 6 de la tarde y las 6 de la mañana y estado de sitio. Ya suman unos diez los muertos por las protestas en Honduras pero el gobierno continúa su marcha impertérrito, con la abierta complicidad del “Canalla Mayor” de las Américas, Luis Almagro y sus enviados y el tácito aval de la “Embajada” que jamás consentiría que un opositor llegara al palacio presidencial.
Es que Honduras es una pieza de gran valor estratégico en el diseño geopolítico de Washington. Limita con dos países como El Salvador y Nicaragua que tienen gobiernos considerados como “enemigos” de los intereses norteamericanos y la base aérea Soto Cano, ubicada en Palmerola, tiene una de las tres mejores pistas de aviación de toda Centroamérica y, además, es escala obligada para el desplazamiento del Comando Sur hacia Sudamérica. Además, la base Soto Cano es la que alberga a la Fuerza de Tarea Conjunta “Bravo” compuesta por unos quinientos militares de EEUU dispuestos a entrar en combate en cuestión de horas. Hay que recordar que el ejército hondureño fue refundado por el embajador estadounidense John Negroponte y que, en los hechos, es un comando especial de las fuerzas armadas de Estados Unidos más que un ejército nacional hondureño. Todo esto es lo que está en juego en la elección presidencial de Honduras. Por ello Washington alentó el golpe contra “Mel” Zelaya y, en la actualidad, convalida la maniobra fraudulenta del presidente Hernández. La oposición jamás reconocerá la legalidad y la legitimidad de este proceso electoral, viciado desde sus raíces. La última aberración fue hace instantes comunicada por el TSE: procederá a contar los votos de las actas faltantes sin la presencia de los representantes de los partidos opositores. Es decir, el gobierno contará los votos y proclamará su fraudulenta victoria al margen de cualquier instancia de control independiente. Ante la monstruosidad de esta farsa electoral la oposición deberá exigir el llamado a nuevas elecciones pero bajo supervisión internacional porque está visto que el TSE es un apéndice del gobierno y que ni siquiera garantiza el correcto recuento de los votos, para ni hablar del entero proceso electoral. Y los gobiernos democráticos de Nuestra América deberán encolumnarse sin hesitar detrás de los reclamos de las fuerzas de la oposición para impedir la consumación de un “golpe blando preventivo” como el que está actualmente en curso hundiendo aún más a Honduras en una tremenda crisis nacional general. Por último, habrá que notificar al “Canalla Mayor” de las Américas que algunas anomalías están ocurriendo en el proceso electoral hondureño, sacándolo de su bien pagada obsesión por monitorear y desprestigiar al gobierno de Maduro y las elecciones venezolanas.

martes, 28 de noviembre de 2017

Las bases de nuestro patriotismo

Enrique Ubieta Gómez
Granma
A fines del siglo XIX era ya inimaginable una Revolución social auténtica que no ubicase sus sueños de redención en el ser humano, una atalaya que desborda los límites de la raza y la nación. La democracia griega excluía a los esclavos y a las mujeres y –sin extenderme en ejemplos de otras épocas– los ideólogos de la Revolución burguesa se desentendían, además, de los pueblos colonizados. Pero ni estos, ni los obreros y campesinos de las metrópolis podían emanciparse sin una concepción humanista que abarcara a todos, incluso a los explotadores y a los colonizadores. Cuando Napoleón Bonaparte aceptó, ante la beligerancia de los insurgentes, la abolición de la esclavitud en la colonia de Saint Domingue y solo en ella, Toussaint Louverture, un negro analfabeto que había sido esclavo protestó:
«Lo que queremos no es una libertad de circunstancia concedida a nosotros solos –dijo con sagacidad política, ajeno a cualquier postura pragmática y «realista»–, lo que queremos es la adopción absoluta del principio de que todo hombre nacido rojo, negro o blanco no puede ser la propiedad de su prójimo. Hoy somos libres porque somos los más fuertes. El Cónsul mantiene la esclavitud en la Martinica y en la isla Bourbon; por tanto seremos esclavos cuando él sea el más fuerte».
En 1871 José Martí, con apenas 18 años de edad, denunciaba la ceguera de los herederos del iluminismo que defendían en España los derechos que negaban en sus colonias:
«(…) hasta los hombres que sueñan con la federación universal, con el átomo libre dentro de la molécula libre, con el respeto a la independencia ajena como base de la fuerza y la independencia propias, anatematizaron la petición de los derechos que ellos piden, sancionaron la opresión de la independencia que ellos predican, y santificaron como representantes de la paz y la moral, la guerra de exterminio y el olvido del corazón. (…) Pidieron ayer, piden hoy, la libertad más amplia para ellos, y hoy mismo aplauden la guerra incondicional para sofocar la petición de libertad de los demás».
El propio Martí lega en 1895 un concepto básico para los revolucionarios cubanos: «Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer». La independencia de Cuba garantizaba el espacio físico y moral para una república de justicia y solidaridad, con los pobres de la Tierra, aunque Martí, como Bolívar, soñaba además con una Patria mayor, que integrara a todos los pueblos que habitan del río Bravo a la Patagonia.
Ningún otro marxista latinoamericano fue más hondamente martiano que Fidel Castro. Martí y Fidel fueron los únicos líderes, en la breve e intensa historia de Cuba, que consiguieron la unidad necesaria de las fuerzas revolucionarias; una unidad ajena a pactos conciliadores, capaz de desarticular los consensos de la dominación –los que proclamaban la incapacidad del cubano, la inferioridad del negro y de la mujer, la inevitabilidad de la dependencia–, y fundar los de la emancipación, con hombres y mujeres virtuosos que se superaron a sí mismos. Fidel, como Martí, tuvo fe en la victoria, en su pueblo, en las razones de la lucha, en la posibilidad de lo que parecía imposible. Recogió ambas tradiciones emancipatorias, la del mundo colonial y neocolonial –una de cuyas figuras cimeras fue nuestro Martí–, y la de los explotados del Capital, la del pensamiento marxista y la Revolución de Octubre, cuyo centenario acabamos de conmemorar.
La Revolución Cubana de 1959 no podía pensarse a sí misma sino como parte de la rebelión de los colonizados y de los explotados del mundo, como un paso en el duro bregar hacia la emancipación de los seres humanos. Es cierto que las revoluciones no se exportan, nacen de condiciones irrepetibles y propias, pero el concepto de solidaridad, aliado al de justicia, es básico en el socialismo, y no puede ser un bien que acate límite alguno: ni el del hogar, ni el del barrio, ni el de país.
La Cuba de Fidel ejerció la solidaridad de los hermanos, sin condiciones ni cálculos geopolíticos, y no se detuvo ante conveniencias que contravinieran sus principios; así fue en Asia, en África, en América Latina. Los cubanos donamos sangre de forma masiva para el Vietnam agredido, cedimos una libra de nuestra cuota de azúcar para el Chile de Allende, peleamos con los que peleaban por sus pueblos en otras tierras del mundo, y muchos fueron los que cayeron en el camino; avanzamos, codo con codo, junto a los sandinistas y a los bolivarianos victoriosos, en la edifi­cación del nuevo país. Construimos escuelas, hospitales, aeropuertos, alfabetizamos, asistimos a comunidades pobres en el deporte y la cultura, salvamos o curamos a cientos de miles de seres que carecían de atención médica. El internacionalismo fue un principio inviolable que se ejerció con un claro sentido del momento histórico.
La Cuba de Fidel no se detuvo ante consideraciones ideológicas, ni ante regímenes oprobiosos que conspiraban para derrocarla, y envió médicos, por ejemplo, a la Nicaragua de Somoza, cuando el terremoto de 1972 devastó la capital de ese país. Creó un Contingente que lleva el nombre de un internacionalista neoyorkino de nuestra primera guerra de independencia, para ayudar al pueblo estadounidense después del huracán Katrina. La única ideología que esgrimían, no se articulaba en palabras: estaba en el acto, en el desinterés, en la entrega. Doscientos cincuenta y seis trabajadores de la salud cubanos asistieron a los enfermos de ébola en la peor epidemia de ese virus letal registrada en África Occidental y en el mundo. Allí encontraron a médicos africanos, de los países afectados y de otras naciones del continente, que habían estudiado en Cuba, algunos incluso desde la escuela secundaria y preuniversitaria, como otros miles de jóvenes árabes y latinoamericanos.
Cuando en el año 1998 el huracán Mitch arrasó con el Caribe centroamericano –otro huracán de carácter ideológico había paralizado a la izquierda internacional, después del derrumbe del llamado «campo socialista»– Fidel relanzó el internacionalismo y con él, la certeza de que otro mundo mejor es posible si existe voluntad política. Cada brigada médica que viajaba a un país en situación de desastre o que había solicitado nuestra ayuda, era despedida personalmente por él, quien insistía en el respeto a las tradiciones, creencias y credos políticos de los pacientes que atenderían.
Fidel en realidad reactivaba con ello la vocación solidaria de toda auténtica revolución después de una oscura y luminosa década de resistencia, la de los años noventa –la solidaridad fundacional, respaldada por una conducción de la crisis que evitó siempre dañar a los más pobres y que sobrevivía entre apagones y carencias, en acciones tan simples y significativas como la llamada «botella» en las calles de la ciudad–, y la expandía hacia el exterior, con el Plan Integral de Salud en Centroamérica y Haití (después se incorporaría Venezuela) y hacia el interior, con la llamada Batalla de Ideas, que se proponía rescatar a jóvenes de segmentos poblacionales menos favorecidos. Ambas acciones de solidaridad tendrían siempre un impacto al interior del país: cada trabajador de la salud que salvaba vidas en condiciones precarias, en zonas marginales o muy intrincadas y cada trabajador social que reorientaba a sus semejantes por los caminos empedrados y hermosos de la autosuperación, podía (si llevaba en el pecho la semilla) «reciclar» su espíritu revolucionario.
Protagonizar la justicia era la única manera de reactivar la Revolución.
En ese empeño halló Fidel a un igual: Hugo Chávez. Juntos recorrieron cada páramo, cada río, cada montaña, cada barrio urbano de nuestra América, cada corazón de latinoamericano. Juntos exclamaron: ¡sea la unidad en la solidaridad!
El concepto de Revolución fidelista (que es su código moral), adquiere sentido en el contexto de la vida y la obra de Fidel. Si Patria es Humanidad, Socialismo es justicia, es humanismo revolucionario. No puede entenderse ninguno de los aspectos o las ideas que expone ese concepto si se desmarca de su principio rector: la lucha contra la injusticia, dondequiera que se produzca, y contra el capitalismo, contra el imperialismo, que necesitan de ella. ¿Quién dice que Fidel ya no vive? Su concepto de Revolución desborda el concepto, es decir, las palabras que lo componen; e interacciona con la historia, la que fue y la que será; porque sin justicia no hay Patria, sin solidaridad –interna y externa–, no hay Patria, sin las conquistas que alcanzamos, y sin las que nos proponemos alcanzar, no hay Patria.

viernes, 24 de noviembre de 2017

La última cita de Fidel Castro

Atilio A. Boron
Hace un año usted se nos iba. Los medios de todo el mundo dijeron, con ligeras variantes, algo así como “la muerte se llevó a Fidel”. Pero, con todo respeto, Comandante, usted sabe que no fue así porque usted eligió el día de su muerte. Perdone mi atrevimiento pero ella no vino a buscarlo; fue usted, Fidel, quien la citó para ese día, el 25 de noviembre, ni uno antes, ni uno después. Cuando cumplió 90 años, le dijo a Evo Morales y Nicolás Maduro que “hasta aquí llego, ahora les toca a ustedes seguir camino”. Pero usted también siguió su camino, aferrándose a la vida unos meses más hasta el momento preciso en que había citado a la muerte para que lo viniera a buscar. Ni un día antes, ni un día después.
¿Qué me lleva a pensar así? El hecho de que en cada una de las cosas que hizo desde su juventud siempre transmitió un significado revolucionario. La simbología de la Revolución lo acompañó toda su vida. Usted fue un maestro consumado en el arte de aludir a la Revolución y su necesidad en cada momento de su vida, pronunciando vibrantes discursos, escribiendo miles de notas y artículos, o simplemente con sus gestos. Sobrevivió milagrosamente al asalto al Moncada y ahí, de “pura casualidad”, usted aparece ante sus jueces ¡justito debajo de un cuadro de Martí, el autor intelectual del Moncada! ¿Quién podría creer que eso fue un hecho casual? Es cierto: la muerte fue a buscarlo infinidad de veces, pero nunca lo encontró: burló a los esbirros de Batista que lo buscaban en México y sobrevivió a más de seiscientos atentados planeados por la CIA. Usted todavía no la había llamado y ella, respetuosa, esperó que usted lo hiciera.
Un hombre como usted, Comandante, que hacía de la precisión y la exactitud un culto no podía haber dejado librado al azar su paso a la inmortalidad. Revolucionario integral y enemigo jurado del culto a la personalidad (exigió que, a su muerte, no hubiese una sola plaza, calle, edificio público en Cuba que llevara su nombre) quería que la recordación de su muerte no fuese sólo un homenaje a su persona. Por eso le ordenó que lo viniera a buscar justo el mismo día en que, sesenta años antes, hacía deslizar río abajo –sin encender los motores– el Granma, para iniciar con su travesía la segunda y definitiva fase de su lucha contra la tiranía de Batista. Quería de esa manera que la fecha de su deceso se asociase a un hito inolvidable en la historia de la Revolución cubana. Que al recordarlo a usted las siguientes generaciones recordasen también que la razón de su vida fue hacer la Revolución, y que el Granma simboliza como pocos su legado revolucionario.
Conociéndolo como lo conocí sé que usted, con su enorme sensibilidad histórica, jamás dejaría que un gesto como este –el recuerdo de la epopeya del Granma– quedase librado al azar. Porque usted nunca dejó nada librado al azar. Siempre planificó todo muy concienzudamente. Usted me dijo en más de una ocasión “Dios no existe, pero está en los detalles”. Y en línea con esta actitud el “detalle” de la coincidencia de su muerte con la partida del Granma no podía pasar inadvertido a una mente tan lúcida como la suya, a su mirada de águila que veía más lejos y más hondo. Además, su sentido del tiempo era afinadísimo y su pasión por la puntualidad extraordinaria. Usted actuó toda su vida con la meticulosidad de un relojero suizo. ¿Cómo iba a dejar que la fecha de su muerte ocurriese en cualquier día y sepultase en el olvido la partida del Granma y el inicio de la Revolución en Cuba? Usted quiso que cada año, al homenajear a su figura, se recordase también el heroico comienzo de la Revolución en aquel 25 de noviembre de 1956 junto a Raúl, el Che, Camilo, Ramiro, Almeida y tantos otros. Usted la citó y la muerte, que siempre respeta a los grandes de verdad, vino a recogerlo puntualmente. No se atrevió a desafiar su mandato. Y sus médicos tampoco, a los cuales estoy seguro les advirtió que ni se les ocurriera aplicarle medicina alguna que estropeara su plan, que su muerte ocurriera antes o después de lo que usted había dispuesto. Nadie debía interponerse a su voluntad de hacer de su propia muerte, como lo había hecho a lo largo de toda su vida, su último gran acto revolucionario. Usted lo planificó con la minuciosidad de siempre, con esa “pasión por los detalles” y la puntualidad con que hizo cada una de sus intervenciones revolucionarias. Por eso hoy, a un año de su partida, lo recordamos como ese Prometeo continental que aborda el Granma para arrebatarle la llama sagrada a los dioses del imperio que predicaban la pasividad y la sumisión para que, con ella, los pueblos de Nuestra América encendieran el fuego de la Revolución y abrieran una nueva etapa en la historia universal. ¡Hasta la victoria siempre, Comandante!